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El riesgo no se elimina, se decide cuánto

· 3 min de lectura


Cuando alguien dice que gestiona el riesgo, casi siempre está hablando de dónde pone el stop. Es una parte, y no es la importante.

El stop responde a la pregunta «¿cuándo salgo?». La pregunta que decide si sigues ahí dentro de diez años es otra: ¿cuánto puedo perder en esta operación sin que eso cambie lo que puedo hacer en la siguiente? Y esa se responde antes, eligiendo el tamaño.

La aritmética incómoda

Las caídas y las recuperaciones no son simétricas, y conviene tenerlo interiorizado porque es pura aritmética, no una opinión.

Una caída del 20 % necesita una subida del 25 % para volver al punto de partida. Una del 33 % necesita un 50 %. Una del 50 % necesita un 100 %. Y una del 80 % necesita un 400 %.

La curva no sube: se dispara. A partir de cierto punto ya no estás invirtiendo, estás intentando recuperar, que es un estado mental distinto y peor. Casi todas las decisiones malas que he visto descritas en libros de mercado se toman desde ahí.

Por eso el trabajo serio está en el tamaño. No es lo llamativo y no da para contenido, pero es donde se decide casi todo.

Volatilidad y pérdida no son lo mismo

Se usan como sinónimos y no lo son.

La volatilidad es cuánto se mueve el precio. Es incómoda, es medible, y si tu horizonte es largo y el negocio subyacente sigue funcionando, en buena medida es ruido.

La pérdida permanente es cuando el valor no vuelve porque el negocio se deterioró, la empresa se diluyó, el sector cambió o directamente desapareció. Eso no lo arregla el tiempo.

Confundirlas lleva a los dos errores clásicos en direcciones opuestas: vender algo sano porque se mueve mucho, y aguantar algo roto porque «a largo plazo se recupera». La segunda es más cara.

La diversificación funciona menos justo cuando la necesitas

Repartir entre activos poco correlacionados reduce el riesgo del conjunto. Es cierto y está bien documentado.

El matiz es que las correlaciones no son estables. En condiciones normales tus posiciones se mueven por motivos distintos. En una crisis de liquidez tienden a moverse juntas, porque lo que ocurre es que hay gente vendiendo lo que puede vender, no lo que quiere vender. La diversificación se debilita precisamente el día en que hacía falta.

Eso no la invalida. Significa que hay que contar con menos protección de la que sugiere el histórico, y que tener diez posiciones que caen a la vez no es lo mismo que tener diez posiciones diversificadas.

Lo que sí se puede controlar

De todo lo que interviene en el resultado, muy poco está en tus manos. No controlas la dirección del mercado, ni el momento, ni las noticias, ni lo que haga el resto. Controlas básicamente cuatro cosas:

  • Cuánto pones en cada posición.
  • Qué compras, en el sentido de entender el negocio o el instrumento antes de entrar.
  • Cuánto pagas por ello.
  • Cuánto tiempo estás dispuesto a esperar, y si tu situación real te permite esperarlo.

El cuarto punto es el que más gente se salta. Un horizonte de diez años sobre papel no sirve de nada si el dinero lo vas a necesitar en dos. El horizonte no es el que eliges: es el que tu vida te permite sostener.

Aceptar no es resignarse

«El riesgo se acepta, no se elimina» suena a frase de calendario, así que conviene concretar qué significa en la práctica: significa dimensionar cada posición de modo que el peor escenario razonable sea desagradable pero no descalificante. Que puedas equivocarte varias veces seguidas —porque te vas a equivocar varias veces seguidas— y seguir teniendo capital y criterio para la siguiente decisión.

No hay forma de quitar el riesgo de la ecuación. Todo lo que promete hacerlo, o lo está escondiendo en algún sitio donde todavía no lo has visto, o te lo está cobrando en rentabilidad. Lo que sí hay es la posibilidad de elegir, con antelación y en frío, cuánto estás dispuesto a que te duela.

Eso, sin ningún adorno, es la parte que casi nadie ejecuta bien.



Escribo cuando tengo algo que aportar. Sin calendario fijo.

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